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Lecciones de vértigo |
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20 a 30 días
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‘’Yo me levanto a las siete de la mañana’’, me suelta socarrón cuando le llamo al mediodía, hora prudente. ‘’Pero el artista se queda en la cama, hasta las doce o la una’’, sentencia con retranca. Mucho han cambiado las cosas para Josele Santiago desde que en 2002 se separasen Los Enemigos. Las Golondrinas Etcétera (2004), Garabatos (2006) y Loco Encontrao (2008) cartografiaron la madurez de un artesano de la canción en castellano, autor de tonadas que se pegan a la cotidiana perplejidad como el musgo a la corteza del roble, la piel arrancada al asfalto caliente. Letras y músicas a una modesta pero vivificante escala, la del cronista sin otra pretensión que la de retratar —y quizás retrasar— su indiscreto trayecto vital.
Hoy Josele, a sus 46 inviernos, vuelve a dar un giro a su carrera en Lecciones de Vértigo, que le ha visto recuperar la guitarra eléctrica y el pálpito de un rock soterrado y elocuente, nada ornamentado ni agresivo, en los huesos de una poética cada vez más certera por indirecta. Siempre supo expresarse desde una perspectiva esquinada y estimulante, que es como mejor se llega al oyente, saltándose la obviedad pero nunca la sencillez, dando etéreos rodeos para derramarse fructífera en el inconsciente. Desde estas armonizadas invenciones entre irónicas y existenciales resplandece la libertad del descreído, el chispazo del artista a su aire.
Es Lecciones de Vértigo un álbum rejuvenecedor, casi primaveral, anclado en viejas formas de canción rock y sonidos eléctricos que, por gustosamente clásicos, no se marchitarán cuando regrese el otoño. Intuyo que lo es, en parte, como inconsciente respuesta a haberse gestado en luctuosos tramos vitales. La reacción hipócrita generalizada ante la desaparición de Antonio Vega, por ejemplo, expuesta en «El Lobo»: ‘’A mi modo de entender, se dijeron muchas sandeces. A veces la envidia se disfraza de compasión’’. También la composición más especial del álbum para él, «Pae», evocando la agonía de su padre, en un hospital de Cádiz, en pleno carnaval. ‘’Murió de un cáncer de pulmón’’, recuerda cuando aún no ha pasado un año. ‘’Estaba el hospital justo al lado de donde hacían los concursos de chirigotas, aquello era demencial, surrealista’’
Lecciones de Vértigo concluye en naturalista interpelación a un dios desconocido por inexistente, tal vez encarnado en ese oceánico demiurgo que representa «El Estibador». Canta con su inconfundible deje aquel muchacho del madrileño barrio de Caño Roto: ‘’El cielo es azul / Se llega en autobús / Reparten caramelos / Y apagan la luz’’. Y no puedo resistirme a recordarle lo que dicen los boxeadores: el dolor es inevitable, el sufrimiento opcional. Josele sonríe y asiente, el muy canalla. Seguro que ya le está sacando punta a otra canción.
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